La verdad, aunque esté en minoría, sigue siendo la verdad...

La burguesía disfraza su propio interés particular, para que de tal forma, ese interés particular forme parte del interes general

martes, 25 de julio de 2017

La guerra contra nuestra conciencia

El sistema en que estamos inmersos es desigual, fomenta el consumo y la insatisfacción permanente y explica la pobreza como el resultado del fracaso de aquellos poco capaces de optimizar las "ventajas" de un modelo que nos está vedado cuestionar.
Por siglos muchos pensadores han analizado los sistemas político-económicos y las pujas de poder entre los más privilegiados y aquellos que querían ganar derechos.
En este último siglo se impuso un modelo ideológico que asocia libertad y democracia con libre mercado, pero atención, esta democracia es meramente política bajo un férreo control de masas, no hay lugar para la democracia económica. Está bien hablar de igualdad de derechos, libertades y garantías hasta que llegamos al punto de que estas igualdades deben desarrollarse en el plano económico, es allí donde nos acusan de totalitarios, de comunistas, y nos convencen de esta libertad sesgada: puedes consumir todo lo que quieras (o puedas), pensar lo que quieras, pero no cuestiones tu pobreza, ni los iluminados que te gobiernan.
Esta plutocracia, sería inadmisible para un enorme número de ciudadanos perjudicados por el modelo que ésta impone de no ser por un hábil sistema de propaganda que nos mantiene esclavizados, pero conformes con este yugo que no somos capaces de cuestionar.
Los movimientos obreros, sindicales, anarquistas y socialistas surgidos a fines del siglo XIX plantearon una encrucijada para las clases dominantes quienes ya no podían sostener las fraudulentas formas de gobierno que mantuvieron bajo la fachada de democracias restringidas (en gran parte de occidente las mujeres, los negros, aborígenes y los inmigrantes no podían votar por más que se hubieran nacionalizado), sus riquezas, así como sus empresas eran fuertemente cuestionadas por el pueblo.
Las guerras fueron laboratorios para experimentar con muchas herramientas que hoy nos son habituales (sin ir más lejos, internet es un invento militar), una de ellas son las relaciones públicas, si una fuerte propaganda en EEUU transformó a la Primera Guerra Mundial de una lejana contienda entre viejos y decadentes imperios en una cruzada patriótica, ¿lo mismo no serviría para recuperar la imagen de las empresas dominantes?
Así surgieron los encargados de relaciones públicas (RRPP), sujetos al servicio de los grandes capitalistas, convencidos de que la población no podía gobernarse a si misma por ser ignorante. Sujetos como Edward Bernays (sí, otra vez, el sobrino de Sigmund Freud) o Walter Lipperman consideraban peligrosa la democracia abierta que podía poner en peligro los privilegios de las élites si los pueblos se daban cuenta de su poder mayoritario. Estos individuos impusieron un sistema mediático que nos ametralla la mente diciéndonos que debemos opinar, a quienes considerar nuestro enemigos (que nunca son los ricos, claro), a quienes debemos admirar (ahí si están los ricos, claro), quienes son los responsables de nuestras desgracias (nunca el sistema económico), con qué entretenernos y en que estar ocupados para no pensar.
A ver si nos damos cuenta finalmente que somos unos dominados y se les pudre todo.